Sei
“Lo que hace bello al desierto”
La mañana siguiente, me despierto después de haber dormido lo que me parecen quince minutos.
«Mi hermano Bruno está muerto», me recuerdo, como todas las mañanas, pero hoy le añado: «y mi hermano Nico es gilipollas».
Creo que nunca he estado más enfadada con él que hoy. Mis padres, el abuelo, Aurora... cualquiera podría haberse despertado anoche y entonces nos la habríamos cargado los dos. Él por emborracharse y yo por encubrirlo. Y encima, como si no pudiera cagarla más, llama al chófer para que lo traiga a casa.
Cuando estoy lista para ir a clase, salgo al pasillo y veo que la puerta de su habitación está cerrada. Por la rendija inferior, veo que aún hay oscuridad en el interior, por lo que doy por hecho que está durmiendo la mona. Me niego a salvarle el culo una vez más, a despertarlo y encima soportar que me llame pesada, así que cojo mis cosas y bajo a desayunar.
—¿Tu hermano no se ha despertado aún? —pregunta mi madre cuando aparezco por la puerta.
Vaya, en la cocina desde por la mañana y con ganas de hablar, eso sí que es un avance.
Niego con la cabeza y me siento en la mesa. Me lleno la boca con el primer bollo que pillo para intentar evitar que me hagan más preguntas.
—Creo que anoche tuvo pesadillas —interviene el abuelo—. Habrá pasado una mala noche. No pasa nada porque llegue un poco tarde a clase.
No sé si anoche se creyó del todo mi mentira o sólo intenta ayudarlo, pero me falta un pelo para contar la verdad, porque no quiero que, ahora que parece que empezamos a remontar, las mentiras de mi hermano nos tiren para abajo de nuevo.
Cuando salgo de casa, Eloy nos espera como siempre, apoyado en el capó delantero del coche, pero esta vez sólo viajo yo. No sé si le llama la atención o no que mi hermano ni siquiera haya conseguido levantarse, pero no dice nada. Se incorpora y da la vuelta al coche para entrar por el lado del conductor.
—¡Eloy! —Lo llamo antes de que lo haga. Él se para y me mira, diría que con cautela—. Quiero darte las gracias por... lo que hiciste ayer con mi hermano. Y quería pedirte que no le cuentes nada de lo de anoche a mi abuelo, o a mis padres, o a Aurora. A nadie —resumo—. Por favor.
Eloy asiente en silencio.
—Vaya —dice tras unos segundos, dibujando esa estúpida sonrisa que puso el primer día que nos cruzamos en mi cocina—. "Gracias" y "por favor" saliendo de tu boca en la misma frase. ¿Te has dado un golpe en la cabeza esta mañana o...?
—No te confundas —lo corto de inmediato, y la sonrisa se le borra de la cara—. Que sea educada no significa que seamos amigos. Yo no soy ni mi hermano ni mi abuelo, así que las bromitas, te las guardas para ellos.
Sin darle tiempo a réplica me meto en el coche por la puerta trasera y cierro con un portazo. No volvemos a intercambiar palabra alguna en el trayecto a la escuela, aunque puedo notar que está frustrado por el modo que tiene de apretar y aflojar las manos en torno al volante. De alguna forma, me siento satisfecha por ello y, para dar por consagrada mi victoria, la adorno con el tradicional portazo de cortesía al bajar del vehículo cuando llegamos al colegio.
El coche arranca con un acelerón que me obliga a alejarme rápidamente del borde de la acera si no quiero acabar envuelta en el humo del tubo de escape. El vehículo se pierde al fondo de la calle mientras el resto de conductores le pitan y le llaman la atención por lo temerario de su incorporación.
—¿Y tu hermano? —pregunta Marta cuando me ve cruzar la verja del recinto sola.
—Es una larga historia.
—La clase de Historia está en la otra punta, así que tenemos tiempo.
Y se lo cuento todo de camino allí: el mensaje, el chófer trayendo a mi hermano, la casi-pillada por parte del abuelo y el corte de rollo que le he tenido que hacer esta mañana al imbécil de Eloy.
—¿Pero ese tío quién se ha creído que es? —Marta está bastante más molesta con Eloy que yo misma—. Con esa pinta de camello que tiene, yo no descartaría todavía que haya tenido parte de culpa en lo de Nico. Digo, camello de droga, no de animal —aclara innecesariamente.
Y por un momento, se me escapa una sonrisa sincera. Es sólo un segundo, hasta que me doy cuenta de que lo estoy haciendo y desaparece, pero sienta bien. Diría que es la primera vez desde que he vuelto que no he tenido que fingirla.
Creo que ella se da cuenta de que me ha agradado su broma porque se tira el resto del camino a clase haciendo una sesión de Parecidos Razonables con el chófer de mi abuelo. El mayor objetivo de sus ataques es su pelo negro que siempre lleva recogido en una coleta, dice que seguro que es porque suelto es como la fregona que utiliza la asistenta para fregar la terraza o como el de Eduardo Manostijeras (sin el atractivo y la palidez de Johnny Depp, evidentemente). Las críticas a su nariz tampoco se quedan atrás, y lo más suave que dice es que se parece a la de un boxeador al que acaban de pegar una paliza.
A decir verdad, ni siquiera me he fijado en nada de lo que Marta detalla porque calculo que, desde que nos conocemos, nos habremos mirado frente a frente unas seis veces. Dos de ellas, ayer y esta mañana.
—Para caerte tan mal, lo tienes bastante bien estudiado —observo.
—Es innegable que tiene un polvo, aunque sea rápido —Me da un codazo cómplice, pero no sé cómo responderle a eso—. Venga, Caye, a todas nos gustan los que van de malotes.
—Más que del tipo "malote" creo que éste es del tipo "caigo bien a los abuelos".
La profesora de la última hora se alarga más de lo necesario y acabamos saliendo de clase diez minutos tarde. Camino al exterior, rezo a todos los dioses que conozco para que el chófer se haya cansado de esperar y haya vuelto a casa o que, como mínimo, mi hermano haya acabado viniendo a clase y volvamos los tres juntos, pero los dioses deben haberse dado cuenta de que la fe no es lo mío, porque justo enfrente de la puerta, me encuentro el coche de mi abuelo, con Eloy esperando dentro, sólo.
Resignada, ando los metros que me separan y, después de despedirme de Marta, entro al coche. Cierro la puerta, me coloco en el asiento, me abrocho el cinturón y compruebo que haya enganchado bien, todo sin mencionar una palabra.
El chófer tampoco hace ningún intento de conversación y arranca en cuanto puede.
—¿Nico? —pregunto al ver que no lo esperamos.
—No hay que esperarle —Es lo único que me contesta, sin apartar la vista de la calle.
Ya no parece tan frustrado como esta mañana, sino que está serio, como cualquier otro día. Recuerdo la conversación de esta mañana con Marta y, sinceramente, no sé dónde le ve ella ese polvo que dice que tiene. Es raro, porque casi siempre coincidimos en los gustos por los chicos, aunque a ella siempre le gustan más mayores. Decido mirarlo objetivamente, dejando a un lado que prácticamente nos odiamos. Rebusco en mi mochila las Ray-Ban de sol y me las pongo a pesar de que el día está mayormente nublado. Así puedo observarlo sin que se dé cuenta.
Empiezo por el pelo. Como siempre, lo lleva recogido en la nuca con una goma y me doy cuenta de que, de vez en cuando, hace un gesto automático para recogerse los mechones que se le salen detrás de las orejas.
Sigo con la nariz. Marta tiene razón en que parece la de un boxeador. No es que llame especialmente la atención ni desentone con el resto de la cara, pero por el perfil que se ve desde mi asiento, se nota que el tabique cambia de inclinación justo a la altura de los ojos.
En cuanto a la ropa, lleva los mismos vaqueros anchos y la misma camiseta blanca de algodón que lleva todos los días. Supongo que eso será lo que considera su uniforme de trabajo, aunque no es más que ropa normal. Intento recordar qué ropa llevaba puesta anoche cuando trajo a Nico a casa, pero no me acuerdo. No me fijé, aunque sí que recuerdo que llevaba el pelo suelto. Le llegaba a la altura de la clavícula, creo, y lo tenía ondulado.
Me hago una nota mental para contarle a Marta este detalle y que cambie su parecido de "Johnny Depp en Eduardo Manostijeras" por "Johnny Depp en un día normal".
El análisis completamente objetivo queda interrumpido cuando, en un semáforo, Eloy alza la vista de la calzada y me mira por el espejo retrovisor central. Por un momento, pienso que me ha pillado inspeccionándolo y creo que doy un pequeño salto en el asiento, pero entonces recuerdo que llevo las gafas de sol y que están polarizadas, por lo que es imposible que me haya visto. Aun así, decido no tentar más a la suerte y no aparto la vista de la ventana en el resto del trayecto.
Cuando entro en casa, me preocupo al no ver a mamá merodeando por la casa cambiando los muebles de sitio, pero Aurora me tranquiliza cuando me dice que lleva todo el día en el jardín.
Me acerco a la cristalera del salón y la veo agachada junto a uno de los parterres, con los guantes puestos y los utensilios de jardinería a su alrededor mientras allana la tierra alrededor de una planta que supongo acaba de colocar. Tranquila porque haya llevado sus actividades al aire libre, voy directamente a la cocina porque tengo demasiada hambre. Me sorprendo cuando entro y me encuentro al abuelo sentado a la mesa. A estas horas, normalmente espera a Eloy en el garaje para que lo lleve de vuelta a la empresa.
—Hola, abuelo —Lo saludo con un beso en la mejilla y me siento frente al plato de menestra de verduras que prácticamente lleva mi nombre.
—Hola, hija.
—¿No vas a la serrería esta tarde?
—Sí, ahora me lleva Eloy, pero... —Se rasca la oreja—. Quería preguntarte algo antes.
Me llevo el primer bocado de menestra a la boca y asiento mientras mastico. No sé de qué querrá hablar, pero parece importante, sobre todo si pierde tiempo con su adorado chófer para hablarlo.
—¿Sigues dándole clases a los hijos de Javier y Bea?
Javier y Bea son unos amigos de mis padres que tienen dos hijos: Javi, de doce años, y Aitana, de ocho. Desde hace unos años, les doy clases particulares de matemáticas, lengua, inglés y prácticamente cualquier otra asignatura de la que tengan deberes tres tardes a la semana. Aunque desde que hemos vuelto de Mallorca, ni yo he retomado las clases, ni ellos se han puesto en contacto conmigo para que lo haga. Así que supongo que la respuesta es...
—No.
El abuelo esboza una sonrisa al mismo tiempo que la palabra sale de mi boca.
—Ah, qué bien, porque te he conseguido un nuevo alumno —El tenedor lleno de guisantes que se acercaba a mi boca, se me queda a medio camino, ante la pausa dramática del abuelo—. Es Eloy.
Agradezco que el tenedor no haya llegado nunca a mi boca, porque los guisantes habrían salido disparados.
—¿El chófer? —Me limpio la boca con una servilleta y rezo para que no haya sonado despectivo, porque no quiero que el abuelo vuelva a sermonearme—. Y, ¿por qué iba a necesitar que le diese clases? Creía que era mayor que yo.
—Lo que pasa es que —El abuelo apoya los codos sobre la mesa y se inclina hacia delante sobre ellos, como si fuese a contarme un secreto. Mira alrededor, pero Aurora no está a la vista— no tiene el graduado escolar. Ayer me contó que abandonó los estudios antes de terminarlos —«Qué sorpresa», dice mi yo interior con ironía—, y he conseguido convencerlo para que intente sacárselo. Es lo mínimo que piden hoy en día para cualquier trabajo.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —me quejo, y esta vez espero que se dé cuenta de que no me agrada la idea.
—Pues que él viene de una familia con dificultades, y no puede pagarse una academia, así que he pensado en ti. Podéis hacerlo aquí, por las tardes, mientras yo doy vueltas por la constructora, y que después venga a recogerme.
—Entonces, ¿pretendes, no sólo que le dé clases todas las tardes, sino que lo haga gratis? —«Ni de coña».
—No. Tú vas a cobrar exactamente igual que con los enanos esos, pero te lo pagaré yo.
—Pero él recibe un sueldo por trabajar aquí. ¿Por qué no lo gasta en...?
—Tana, no seas insolente —me corta de un plumazo—. Él y su familia necesitan cada céntimo.
—Yo estoy muy liada, abuelo, tengo muchos trabajos... —Me estoy empezando a dar cuenta que esa es mi excusa universal—. Además, sabes que todas las tardes quedo con Aarón para hacer los deberes.
El abuelo hace un gesto con la mano, como quitándole importancia. Aarón no es de su agrado y no lo oculta.
—Bah, a ese chico no le va a pasar nada por pasar dos horas al día separado de ti.
Sigo pronunciando excusas, cada vez más absurdas, durante unos diez minutos, pero el abuelo no cede ante ninguna. Parece que ya lo tiene todo organizado dentro de su cabeza y no hay nada que pueda hacerle cambiar de opinión. Pienso en rebelarme y negarme abiertamente a darle clases o pasar tiempo haciendo cualquier otra actividad con Eloy, pero no quiero que el abuelo crea que es porque es el chófer, cuando en realidad es porque no lo aguanto, sea chófer o el príncipe de Zamudia.
Él también me odia a mí, como queda claro en nuestros interminables viajes de ida y vuelta al colegio, por lo que no entiendo que haya aceptado la proposición del abuelo. De repente, se me ocurre algo.
—¿Eloy ha aceptado que yo le dé clases?
El abuelo sonríe.
—Lo hará en cuanto se lo proponga, estoy seguro.
Entonces, un rayo de esperanza renace en mí. Está claro que Eloy se va a negar en rotundo a que yo sea su profesora, por lo que decido dejar mi fachada de nieta perfecta intacta y que sea él quien cargue con haber decepcionado al abuelo. Con un poco de suerte, puede que incluso sea el comienzo del fin de su trabajo en esta casa.
—Bueno, pues si acepta —Pongo mi mejor sonrisa de inocencia y solidaridad—, por mí no hay ningún problema.
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